LOS SERES ABSURDOS [O POR QUÉ DORMIR A PIERNA SUELTA SIEMPRE FUE UNA CUESTIÓN DE CLASE]

 


 

Apago el ordenador y salgo de casa. Lo último que ha aparecido en la pantalla, así, como por azar, ha sido el anuncio de una empresa de muebles (ellos también han descubierto que me mudo) que ofertaba una opción muy chic y con encanto para estos días calurosos de verano: camas bajo porches de mansiones y chalets protegidas por unas bunganvillas, la sombra del emparrado o la de un árbol frondoso que se extiende infinito sobre el lecho en el que niños y adultos inmaculados, aferrados siempre al móvil, disfrutarán juntos del espectáculo que suponen las lágrimas de San Lorenzo, etcétera, etcétera.

 

Con esta última imagen rondándome todavía, he dado el pistoletazo de salida al camión de la mudanza.

 

[Mudar(se), mutar. Dar o tomar otro ser o naturaleza, otro estado, forma, lugar, etc. Dejar algo que antes se tenía, y tomar en su lugar otra cosa. Dejar el modo de vida o el afecto que antes se tenía, trocándolo por otro. Dicho de los gusanos de seda, de las culebras y de algunos otros animales: Soltar periódicamente la epidermis y producir otra nueva. O, dicho de manera más simple y sin parecer intensita, dejar la casa que se habita y pasar a vivir en otra. Pero, ¿qué parte de sí abandona, pierde, una persona en cada mudanza? Y, en el fondo, ¿esto importa?

Lo que importa ahora es hacer frente al nudo que haces rodar de una mano a otra mientras el camión verde se aleja en dirección a esaotracasa.

 

En el interior del camión hay dos personas que se llaman Javier. Padre e hijo sostienen el negocio familiar auspiciados por la estampita de la Virgen de la Macarena (o la que sea, porque en el fondo, todas son la misma, flipa, metoo) y transportan muebles, cajas repletas de libros que, probablemente, nunca releerás, pero ahí están, prestos a ocupar el espacio vacío de las paredes que, a días, acecha. Dos hormigas humanas que cargan hasta cincuenta veces su peso. Un trabajo hercúleo que tú eres incapaz de llevar a cabo (o eso te dices para limpiar tu culpa burguesa, la incomodidad de intercambiar luego una cantidad insuficiente de billetes a través de la cual ellos han puesto precio a su trabajo titánico.

 

Antes del intercambio, has ido al banco y, a la salida, te encuentras de bruces con un colchón similar al que has encargado para tu hijo suspendido, levitando como por arte de magia, sobre las ramas de un magnolio gigante. Miras alrededor buscando al artífice, pero nada: ¿quién lo ha llevado hasta allí?, ¿vive allí, en su particular casa del árbol con vistas a a la carretera? Recuerdas las horas que pasaste de pequeña trepando al magnolio de la plaza y quedándote allí sentada. Embobada. Casi te daba tiempo a ver cómo el magnolio abría sus flores blancas. Lo escuchabas respirar. Tac-tac-tac-tac, hacía. A veces, incluso gruñía un poco cuando sentía el peso de tu cuerpo sobre sus ramas. Un día te quedaste dormida sobre esas ramas. Se hizo de noche. Por un momento, fuiste nocturna y feliz, hasta que los gritos de tu padre llamándote te despertaron para volver a casa. Todavía aciertas a oír el canto de la picaraza, que siempre te recuerda a una caja de madera abriéndose y cerrándose a toda velocidad.

 

Y mientras recuerdas todo aquello, un policía te interrumpe preguntando con enfado si ese colchón te pertenece y, de ser así, te dice, por qué narices lo has dejado allí. Y tú, medio grogui, le dices que no, que solo estás de mudanza, que antes sí que trepabas a los magnolios, pero que ahora que no, que ya lo has dejado (básicamente porque tu cuerpo caería inmediatamente por su propio peso, por el sedentarismo al que lo has acostumbrado, porque ya te han ganado la partida; ya eres un animal doméstico). Pero él sigue con su diatriba diciendo que, con este calor, ha tenido que bajar el solo, ¡EL SOLO!,  el colchón y arrastrarlo hasta los contenedores. Y que ya son casi las dos, continúa, y que el encargado de FOXA, el de la recogida de basuras, te aclara, no llega y que ya nos vale a todos. Y, arremete, y que a ver si conoces tú al del colchón. Y tú, que no lo conoces, pero que solo quieres irte a casa para salvar el pellejo y que no te multe, que te tiene ganas, le respondes cualquier bobada y pones pies en polvorosa sintiendo una especie de alivio. Pero no por el verdadero dueño del colchón, que ahora se ha quedado sin cama sobre la que pasar la noche, sino por ti. Siempre por ti.

 

Esa misma tarde, en el jardín que hay frente a tu nueva casa, encuentras al que, supones, es, era, el dueño del colchón. Está tumbado sobre la hierba. Ha construido una mesa con unas cajas de cartón. Una mesa que no tiene nada que envidiar a esas que fabrican en las empresas de muebles con cartón reciclado. A su lado, desperdigados, sus posesiones (que no llegan ni a un millar de lo que tú has depositado en casa).

 

Al rato te encuentras con E. en el parque y, mientras los críos juegan, le pasas el parte y habláis del anuncio de la empresa de muebles y del colchón de tu vecino y el policía, la ley, que prohíbe tenerlo sobre las ramas del magnolio frondoso (este, al contrario que el del anuncio, frondoso de verdad, sin Photoshop). Ya ni siquiera estamos hablando de vivienda y suelo digno para cada individuo, sino de una rama. Y recuerdas que mañana harán entrega del colchón que encargaste para el dormitorio de tu hijo mientras sientes náuseas al mirar una realidad tan enmarcada y desenfocada a un tiempo. Una realidad en la que todos andamos como fundidos sin saber cómo arreglar el entuerto porque ni siquiera IG (teniendo en cuenta que a día de hoy IG gana el pulso a la Virgen de la Macarena con creces) ofrece un filtro con el que difuminar la grieta. 

 


 

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