domingo, 5 de marzo de 2017

CASI CIERVOS (cuaderno de observación)

Imágenes y descripción de un proyecto en curso



Si nos atenemos a la verdad –o a la mentira- de la escritura, este libro no habla de ciervos, sino de un cuadro que E. pintó una noche en la que yo no conciliaba el sueño. En primer plano aparece un animal domesticado. Al fondo hay un bosque, una ciudad extraña, personas que caminan hacia atrás. Sé que caminan hacia atrás porque al mirar el cuadro, yo también lo hago. En la espesura, dentro y fuera a un mismo tiempo, una bestia acecha al animal.













Solo los animales
miran como miran,
con esa atención desnuda.
Pilar Adón



Olvídate del “cuarto propio” –escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado. No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir a menos que seas rica o que tengas un patrocinador (puede ser que ni tengas una máquina de escribir). Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo.
Gloria Anzaldúa








A MODO DE PRÓLOGO

Yo es pues, una historia; como la maleta de la que después os hablaré.
Anabel Cristóbal

Antes el tiempo se inventó un mundo que yo heredé sin conocer.
Lolita Bosch


En La familia de mi padre, Lolita Bosch cuenta que Tim Burton escribió una vez que todo nos parece siempre blanco o negro porque nos cuesta mucho entender que algunas cosas puedan ser blancas y negras a la vez. Que hay cosas reales e irreales al mismo tiempo. Que hay cosas reales como que este libro es una maleta pequeñita en la que guardo todas esas frases que nacen de la urgencia por decir. En la que guardo también la piel, la tierra y las uñas que rozan el susurrar de una lombriz que hace shhhshhhshhaaa cuando atraviesa una hilera de lechugas.  En la que invento una voz granulada para decir tierra, una voz que se desliza y delata el significado desplazado de las cosas. Una  voz para contar que hay cosas reales y enormes como un planeta llamado Tierra. Que hay cosas reales e irreales como las pesadillas, porque hay veces en las que alguien llega a un mundo heredado que no conoce y, en ese mundo, el significado se desplaza, y la tierra es, en realidad, la división del territorio.

Aunque todo esto lo he averiguado ahora. Me refiero a que he descubierto ahora que el límite, que parece irreal pero que no, que no, que el límite está ahí, delante, del mismo modo en que señalamos la figura de un búfalo que aparece entre las nubes o del mismo modo en que sólo los animales miran como miran, con esa atención desnuda. Hasta ahora yo no decía nada. Recitaba la tabla periódica de memoria. Retiraba las hojas secas del geranio y vigilaba alguna que otra historia de amor entre los pulgones y las orugas del huerto. Las ciudades existían en los libros de texto, lejos de la cicatriz de la frontera. Hasta hace poco, yo no decía nada. Bueno, sí, sí  que decía, pero decía la grieta, decía el tajo, decía cosas como camino sobre lo que aún se despedaza o cosas como

Nunca me acuerdo de regar las plantas. Siempre lo recuerdo ya de noche, cuando hace frío, yentoncesnoriegeslasplantashijaquelasraícessecongelanporlanocheylaplantamueremuereymueraterida, dice mi abuela. Y pienso en tantas y tantas otras cosas que mueren ateridas de frío a lo largo de una noche. Pienso en cómo muere tu abrazo cuando estamos de espaldas, casa contra casa. Pienso en todo lo feo y en esa sensación de que ahora ya no vamos a salir de ésta. Queremos de manera defectuosa, del mismo modo en que yo soy defectuosa, que él es defectuoso, que tú, que nosotros, que aquellas. Y entonces qué. Entonces, pienso, ¿qué hacer con todo esto?

Mascarlo. Clas. Clas. Clas.


Escribía textos también sobre todas esas cosas que empiezan a caer y continúan cayendo sin apenas hacer ruido. Por ejemplo:

Amo tu cuerpo. Amo todo lo que cabe dentro y fuera de tu cuerpo. Aquello que limita con y encierra tu cuerpo.

A veces observo tu cuerpo y lloro. O río. A veces lloro o río y tú descubres que amo tu cuerpo.
Y que lloro del mismo modo en que abofeteo con mi risa el día la calle el rostro que se vuelve hacia adentro y padece.

A veces te amo te odio te amo te odio te amo te odio y en ese acto extremo me reconozco.


Y todo esto era cierto también. Y mío. Todo estaba ahí para ser experimentado. Y lo experimento ahora. Pero todo, al mismo tiempo, me desborda. No puedo mantenerme en pie mujer-recipiente. Me cuesta conjugar el mí con el mundo del nosotros. Quién soy yo ahora y quién va desapareciendo. Qué forma cobrará mi membrana-escritura a partir de ahora.

Y pienso entonces que somos tan pequeños. Me siento en la terraza y pienso eso, que somos tan pequeños. Tan de carne, tan de agua y tan de hueso. Que sólo somos cúmulo de carne y hueso. Pero por dentro-bosque. Cómo un cuerpo frágil diminuto, cómo un cuerpo tan de carne, tan pequeño, puede contener dentro estas ganas de decir, cómo puede contener todas las palabras dirigidas a tantos pronombres. Cómo un cuerpo tan pequeño puede dar un paso y después otro y otro sin quebrarse entero en mitad de una baldosa. Cómo arrastrar mi cuerpo entonces con todo lo que lleva dentro y decir yo respiro, trago saliva, yo me visto y retiro la mirada hacia dentro porque me duele en el mirar.

El trazo del cuerpo desde la terraza a la habitación es lento. Cuesta llegar, pero una vez aquí, los dedos manipulan el alfabeto como si las letras fueran pequeñas membranas de lava cayendo en la boca-escritura.
Alguien te pregunta entonces dime, ¿de dónde eres?. ¿es posible volver a casa?

Vuelcas todo lo que llevas dentro y un semi-cráter nace sobre el texto. blop. Comienzas a teclear: el cuerpo, el humo, la ceniza, el fango del nombre. Y a partir de ahí, quizás, alguna ciudad en el centro de un bosque animal.

El volcán está activo. Camino por él. Acercaos y mirad sin miedo. El vaho empañará las gafas.
Y ya.

*

No hay miedo en el decir.


*


La narradora es quien sube a la tarima y comienza a hablar.

****


*
IMÁGENES E ILUSTRACIONES CON LAS QUE SE VA A TRABAJAR

(las ilustraciones pertenecen a Daniela Spoto y el dibujo del gato-armadillo a M.S., un adolescente de 12 años).
    
En la mesa de operaciones los perros escapan a la luz. Hay un letargo denso, así, como de humo improvisado que provoca la madera al incendiarse.  Recuerdo que una vez tuve una muñeca y recuerdo también que mi padre me prohibía ver las series de moda porque te van a estropear la cabeza, hija. Una Nancy esquiadora, creo. Mi padre me llevó al monte y la hicimos descender por la ladera. No había nieve, pero yo imaginaba que la nieve era una explicación antigua sacada de los libros de Historia. Cuando sólo conoces el calor no entiendes del sabor del hielo. Este descubrimiento llega demasiado tarde, junto al dolor de cuello y el espejo moteado de la entrada. A mí me gustaba desvestir a la muñeca y que mi abuela me persiguiera por el pasillo diciendo que era una guarra. Una cochina. Me gustaba enfadar a mi abuela. A mi abuela, que pierde el pelo y guarda restos de grasa en la barbilla cada vez que come cordero, cada vez que rechupetea los ojos inertes del cordero que mira así, como esperando el rechinar de los dientes postizos de mi abuela que resbalan, resbalan sobre la superficie cristalina del ojo. No te tragues los ojos, le pido. Pero ella no escucha. Abre la boca y me muestra un iris grisáceo rodeado de baba, con esa veladura que tiene un ojo de cordero cuando sabe que está a punto de reventar dentro de la boca que mastica y traga. Con esa especie de angustia que le es propia al cordero. Beeeeee. Beeeee. Lo imagino masticando hierba en el prado contiguo a la casa. Pero después L. sostiene al animal del cuello y los arrastra hasta la casa y coge un cuchillo y después ya, después prefiero acordarme de la Nancy y de su traje rojo de esquiadora, para evitar pensar en la mano que agarra y cerca, salpica la sangre y dispone el cuerpo descuartizado sobre la mesa para que mi abuela trague y trague en un intento por agarrar la vida que se le escapa entre los dientes, que se le escapa entre la raíz del pelo que no cesa en la caída, que se le escapa por cada poro que se aferra infructuosamente a algún resto de luz y hueso.  Y entonces pienso si soy de aquí cuando hinco el alfiler en los ojos a la Nancy, cuando retiro los ojos de plástico de la cara compungida de la Nancy, los mojo en salsa y digo comeabuelacome, quetevaagustar. Y mi abuela come y traga, traga la mirada ausente de la Nancy, que sólo sabe de montañas y cumbres nevadas, y mi abuela tose y escupe, pero la escarcha del monte que guarda la Nancy en las pupilas ha alcanzado ya el pulmón izquierdo y el frío se desliza ahora por el cuerpo inerte de mi abuela. Y ya no sé si es mi abuela o es la Nancy quien se dispone a descender el monte a ciegas, con un hueco cerradura donde antes residía un ojo. Es así como una abuela se despide de la idea de la abuela. Desbocada. Monte abajo.



John Berger cuenta en Mirar[1] que lo que apartó a los hombres de los animales, la capacidad para el pensamiento simbólico de los seres humanos, nació de su relación con ellos. Y para llegar a esa conclusión, habla de que pueden verse animales en ocho de los doce signos del zodíaco. Nunca me han interesado mucho los signos del zodíaco, pero sí cualquier cosa que salga del puño de Berger.

Imagino entonces un ese elefante terco transportando el mundo a lomos, con lo que tiene que pesar el mundo. O esa primera conversación entre el Zorro y la Mangosta y cómo, tras la pelea, los animales se separaron como lo hacemos tú y yo ahora o cualquier pareja a lo largo de la historia.

Imagino a todos esos animales humanizados y a la Rata enseñando a engendrar a parir a la mujer. Diciéndole: primero sale una rata chiquitita y tienes que tirar con cuidado de la cabeza porque si no, si no la ratita se rompe o se engancha y desgarra... e imagino cómo sería ese lenguaje inicial de las bestias si, realmente, las bestias fueran sólo eso; animales salvajes enfrentados, deseando, hincando los colmillos en la Tierra.


[1] John Berger, Mirar, editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2003.




Es invierno y esta vez tengo algo de dinero ahorrado. En casa hace calor. He improvisado un laboratorio fotográfico en una de las habitaciones para revelar fotos mientras mis amigos están de viaje con sus parejas. Le digo a M. que somos dos animales que se miran desarmados. Hinco la mirada en su cuello y me relamo. Sé qué viene a continuación. Percibo la intensidad y reconozco las horas muertas que seguirán a esa intensidad. Imagino los libros amontonados, los objetos dispuestos en diferentes rincones de la casa. El caos. Los roces. La secuencia de fotos que tienen una planta medio seca como elemento principal. El ruido. La escena a medias que sólo completará el relato de la otra persona. Imagino también el estar hablando hasta las tantas. El patinar con torpeza en un charco helado de U... El vermú (porque los modernos ahora bebemos vermú, celebramos lecturas en torno a un vermú, nos cortamos el pelo a lo indie, tomamos un tren a Barcelona, vamos al garito de moda y bebemos vermú rodeados de editores de cristal y tacones) de la plaza de la Constitución de D... 

Trabajar más horas implica que sólo puedas sentarte a escribir cuando estás de baja. Trabajar más horas implica que no puedas quedarte hablando hasta las tantas como cuando ibas de campamento y mirabas la tripa blanca de las lagartijas o te entraban ganas de apretar el vientre rojo y abultado de un petirrojo cuando atravesaba a pequeños saltos el camino de piedras que llevaba a la plaza. Implica que tu vida se limite a todo aquello que abarca un objetivo de 50 mm. Y ya. Con esto, es suficiente, piensas. Y piensas también en crear una nueva narrativa para hablar de M., para hablar de ti ahora, lejos de la bestia, lejos de la bestia que roe y abastece las entrañas, para hablar de ti ahora en un espacio blanco que ya no guarda relación con la botella de Lactovit que B. guardaba en la ducha.

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La verticalidad no fue nuestra sustancia.

Esta foto + la canción https://open.spotify.com/track/37QcFsXYqGYNxkIHCtwro3  escribir un texto.


Hacia las 13:15 entran en el hexágono y caminan en dirección a las ramas. En dirección a la vorágine que anticipa todo aquello que guardarán después en un puño. Ella se gira para escuchar algo que él musita y, al volver, una de las ramas más pequeñas se le incrusta en un ojo. Como acto reflejo, se lleva la mano izquierda al ojo. Él toma notas y se sienta para observar la escena. Se detiene frente a ella alrededor de media hora y la observa como si se tratara de un cuadro, de una pintura de una madonna aislada en el ramaje. Una gota de sangre resbala de la herida y dibuja la comisura de su boca. Ella intenta desasirse, zafarse y apartar una a una las ramas que van envolviendo su figura, pero, al agitarse, sus ropas se enredan y se anudan a las zarzas que crecen a los pies del árbol.  Se agita e intenta moverse cada vez más rápido, pero la atadura, el vínculo entre mujer y árbol crece y crece. El hombre se limita a sostener la mano de ella mientras el nódulo ahoga ahora la voz de la muchacha que se aquieta poco a poco. Lanza entonces un gemido lento y claro. Lo suficiente lento como para asirlo y tocarlo. 

Hacia las 14:00 el hombre escribirá la última frase en su cuaderno, besará a la mujer y se dirigirá en dirección al tren que lo llevará a casa. A las 16:00 el hombre cruzará el umbral.
Se sentará en el sofá preferido de su esposa y permanecerá ahí lo suficientemente quieto como para sentirse solo. En la habitación no habrá música. Sólo el roce que la musculatura del hombre emitirá contra el sofá al respirar, incapaz de convertirse en nada.

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Debe haber algo.
Si todo se mueve cada vez más rápido, debe haber
algo que no se
mueve cada vez más rápido. Algo
si no completamente quieto, lo suficientemente
lento como para tocarlo.

Robin Myers



Esta foto (inspirada en María Hernández) + la canción https://open.spotify.com/track/37QcFsXYqGYNxkIHCtwro3  escribir un texto.


Hacia las 13:15 entran en el hexágono y caminan en dirección a las ramas. En dirección a la vorágine que anticipa todo aquello que guardarán después en un puño. Ella se gira para escuchar algo que él musita y, al volver, una de las ramas más pequeñas se le incrusta en un ojo. Como acto reflejo, se lleva la mano izquierda al ojo. Él toma notas y se sienta para observar la escena. Se detiene frente a ella alrededor de media hora y la observa como si se tratara de un cuadro, de una pintura de una madonna aislada en el ramaje. Una gota de sangre resbala de la herida y dibuja la comisura de su boca. Ella intenta desasirse, zafarse y apartar una a una las ramas que van envolviendo su figura, pero, al agitarse, sus ropas se enredan y se anudan a las zarzas que crecen a los pies del árbol.  Se agita e intenta moverse cada vez más rápido, pero la atadura, el vínculo entre mujer y árbol crece y crece. El hombre se limita a sostener la mano de ella mientras el nódulo ahoga ahora la voz de la muchacha que se aquieta poco a poco. Lanza entonces un gemido lento y claro. Lo suficiente lento como para asirlo y tocarlo. 

Hacia las 14:00 el hombre escribirá la última frase en su cuaderno, besará a la mujer y se dirigirá en dirección al tren que lo llevará a casa. A las 16:00 el hombre cruzará el umbral.
Se sentará en el sofá preferido de su esposa y permanecerá ahí lo suficientemente quieto como para sentirse solo. En la habitación no habrá música. Sólo el roce que la musculatura del hombre emitirá contra el sofá al respirar, incapaz de convertirse en nada. 

***

 
La foto del perro. La foto del perro. De qué voy a hablar para hablar de la foto del perro. Acecha. Hay algo que no había visto en un primer momento: el triciclo como antiguo.

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En la doble imagen que cada mañana se aparece ante mí nada más sentarme a escribir aparecen los siguientes elementos (no hace falta que aparezcan en la imagen, porque sé que, de algún modo, la imagen los guarda):


Él, siempre lejano, zafándose del abrazo de Chica y dejando vagar su mente por alguno de los bosques en los que ha estado. Él, ángel rubio, flotando por encima de ellos como el Ángel del cuadro de Ernaux.

Ella, el tajo, corpulencia blanca que sonríe hacia adentro, como guardando un secreto.

Ellos, los árboles obsecenos, las palmeras, abiertas en un impulso que se dibuja contrario al de él. Al de ella.

Al contrario que en el texto de Ernaux, en esta foto no hay cerco aparente. Es el espacio, la distancia, el cauce del cerco que se abre entre ambos, entre árbol y árbol, entre la imagen de la fotografía y la imagen del texto, entre la mujer y el ojo que apunta y dispara.


Ésta es la imagen más nítida que se conserva de Valentín Popov. En ella, uno de los últimos mechones con los que intentaba cubrir su calva asoma huyendo del cerco de la boina. Popov dedicó los últimos cinco años de su vida a disimular la distancia que aumentaba entre sus cabellos. Pero el pelo se le resistía. Conforme el señor Popov languidecía, su cabello ganaba en vigor y se alejaba del cuero cabelluzdo que se arrugaba irremediablemente. Con cada exhalación, Popov parecía lamentarse por su gran pérdida (cada uno de sus cabellos extraviados lo era)  y consumía veloz el lapso que lo separaba de morir ahogado en la alberca del pueblo vecino. Como todo buen vividor, el señor Popov no pensaba a menudo en la muerte, pero ciertas noches, se detenía a observar los farolillos del invernadero

y pensaba que era extraño que todavía no hubiera sido apartado del mundo


Esta foto no me pertenece. Tarea: Buscar autor. Buscar autora.

Texto+ canción: https://open.spotify.com/track/4W375GW8GBI3x9nR4cfRfK 
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Escribir sobre la foto, con el ritmo de la canción “First Love Never Die” de Soko.













Idea: imaginemos que este tigre fue amarillo en algún momento de su vida. Imaginemos un abandono amarillo, alegre, un descuido, una mano de niño que aprieta y suelta.

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Sobre la erótica de Audre.

https://sentipensaresfem.wordpress.com/2016/12/03/ueecpal/

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Abro la puerta del cuarto y reculo cuando un gato negro se me echa encima. Es un vestido negro que tenía colgando de una percha. Respiro.

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Estamos en mitad de un examen a finales de enero. Uno de los chicos levanta la mano y me pregunta que a ver cuándo termina el invierno. De repente, no lo recuerdo. El 21 de marzo o el 23, le respondo. Nunca lo tengo claro. Pienso en el cumpleaños de Vladimir Popov como anuncio de la primavera. El 21, le digo entonces. ¿Por qué lo preguntas? Es que no me gusta este tiempo, me dice mirando por la ventana. Y yo: pero, ¿no te gusta estar calentito en casa y comes castañas? No, no, contesta. (SEGUIR ESCRIBIENDO)





Ilustraciones de Daniela Spoto





Otros materiales:









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CITA de Estrella de Diego:
tomada de http://www.sergibotella.com/Sergi%20Botella%20(perdonad%20pero%20no%20pude).pdf

¿Cómo nos narramos a nosotros mismos y qué es lo que esta narración
implica?
Es precisamente en el ‘mirarse desde fuera’ que supone relatar la propia
vida donde se da una suerte de juego entre lo mismo y lo otro, o de presencia
y ausencia, en un intercambio de papeles en el relato: se trata de una división
del sujeto en dos espacios, o de la aparición y convivencia de dos sujetos;
el que ocupa el lugar del tema o del objeto; y el que lo“desenmascara”,
el que narra, que llena la ausencia del yo narrado: “(...) sólo el orden impuesto
por la narración
las cosas son al final como se narran
permite que esos dos yo– un yo presenta a otro yo– logren establecer un
lugar de encuentro para dos realidades tan aparte” (de Diego, 2011:38).

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Nota: los alumnos quieren colaborar en este proyecto con fotografías y textos míos de ficción. Ir haciendo fotos y escribiendo. Puede ser una sección. Me piden que escriba de ellos. Ésta misma puede ser la excusa. Empezaría así: “Los alumnos y alumnas de I... me piden que escriba sobre ellos. No sobre ellos directamente, sino sobre mi experiencia con el alumnado en general. Les propongo un plan de trabajo y se animan a colaborar. Creo que esto va a crecer. Incluir relatos, historias, libros que les hayan gustado. Sueños. Éste es el resultado:” Grabarles las contestaciones y luego poner fragmentos acompañados de música.

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Escribir sobre lo pequeño.

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